Ignacia Durand, la mente tras Teatro en una maleta

09/05/2019 / Autor: Marcelo Salazar

Hace dos años esta actriz pensó, ideó y confeccionó distintas marionetas con las cuales podía contar historias pensadas para un público familiar. Su oficio, también su gusto por viajar, le hizo pensar en una maleta como escenario de historias como Hansel y Gretel o Lautaro, presentadas en distintos lugares de Chile y el extranjero. Esta es una conversación sobre su formato alejado del teatro convencional y de cómo tu idea puede llevarte a vivir de lo que te gusta.

Se queda callada para pensar y llevar la mirada a su izquierda. El silencio no incomoda pero me obliga a contar hasta seis, cuando esos ojos verdes vuelven y rompen su momento de reflexión para decirme que sí. Le sorprende haber cumplido su sueño, tomando una pausa para decirme por qué. “Me sorprende porque claro, nunca me armé tanta expectativa. Tenía ese prejuicio de que para ser actor, dentro de esto que es vivir del arte, la única opción era salir en la tele. Era un medio masivo que te hacía visible, pero con esto he demostrado que es posible ser exitoso sin necesidad de un determinado formato”.

Las palabras son de Ignacia Durand, “Ina” como le dicen. Es actriz, profesora y creadora de una experiencia teatral con la que se ha presentado en gran parte de Chile y el extranjero. Sus manos y voz dan vida a distintas marionetas que transporta y presenta en todos los lugares en que puede hacer Teatro en una maleta, propuesta que culmina sus presentaciones en Matucana 100 este fin de semana.

Estamos sentados en una cafetería al costado de la concurrida avenida Cristóbal Colón, en Las Condes. El sol pega fuerte y el tráfico aumenta a medida que vamos conversando, lo que no resulta impedimento a la hora de escucharnos y contarme que todo partió en 2012, trabajando para una compañía que preparaba una obra similar a lo que hoy hace. “Esa vez quedaba poco para estrenar y el director llegó diciendo que no estaban listas las marionetas. No sabía qué hacer porque el gallo a cargo dijo que se demoraría más, entonces propuse yo hacerlas. Que me dejaran intentarlo”.

-¿Tenías experiencia previa?

-Nada. Siempre fui buena para la manualidad, me gustaba el diseño y sobre todo el teatral en la universidad. Nunca me acerqué mucho a esto pero hice seis marionetas que quedaron increíbles. De hecho, esa obra sigue dándose con las mismas que confeccioné. Luego de eso viajé a Europa, quedándome más tiempo del presupuestado porque empecé a crear marionetas grandes y monólogos que presenté en la calle.

El viaje al que se refiere tuvo base en Berlín, donde interiorizó en el folclore alemán y la tradición de los cuentos. Investigó más sobre los hermanos Grimm, rescatistas de distintos textos escritos en la Edad Media y cuyos relatos unían a las familias. “Cuentos que, en el fondo, hablan de que el mundo es adverso y hostil, pero visto desde la perspectiva de los niños. Asuntos que con algo de fantasía, se vuelven mucho más llevaderos”.

En el viejo continente tuvo la oportunidad de conocer distintos lugares, pero Praga le cautivó. Sonríe para recordarla como “la ciudad de las marionetas. En todas partes puedes ver tiendas y presentaciones en vivo en formato pequeño, como el que trabajo hoy. En ese lugar aproveché de hacer un workshop donde nos enseñaban a manipularlas”.

Lo último que dice es que no fue algo fácil por la diferencia con los títeres, donde uno introduce la mano y la figura pasa a ser parte de tu cuerpo. Con las marionetas, en cambio, sería más complicado al tener que manipular cada una de las articulaciones del muñeco. Lo explica poniendo sus antebrazos a la altura de su rostro, observando cada uno de sus dedos mientras los mueve y me mira de reojo como para ver si la entiendo.

Con lo aprendido surgieron las ganas de independizarse por esta idea. Como ya sabía confeccionar y manipular a sus protagonistas, se preguntó en qué presentar todo esto. Terminó decidiéndose por una maleta.

“Surgió por la necesidad de viajar y de llevar el teatro a todas partes. Comencé en 2016, con un par de funciones con Hansel y Gretel, luego me surgió la oportunidad de ir a República Dominicana a realizar esta obra en sectores muy pobres y donde los niños nunca habían visto teatro en su vida. Fue una experiencia alucinante y dije que me dedicaría a esto. Volví, empecé a crear nuevas obras y vender más funciones”.

Su felicidad es galopante a medida que narra su historia y termino encontrando un rostro vivo, sonriente pero que se vuelve reflexivo al preguntarle sobre el comienzo. Ahora, mientras sostiene el café con ambas manos, tiene seis obras de 45 minutos cada una. Estas son las pensadas en formato sala, con una maleta grande, porque también tiene una más pequeña para las presentaciones al aire libre. Para las que son en la calle, plazas o parques, utiliza una más pequeña y también con duración más corta debido a los múltiples estímulos de alrededor. Al terminar, pasa la gorra por cada uno de los presentes, público principalmente familiar.

Hay veces en que nuevamente lleva la mirada a su izquierda y me entero de sus aros con forma de estrellas. También de su pelo tomado, que no es tan estricto como en sus presentaciones. En las anteriores es posible verla de negro, desde su polera sin mangas hasta sus zapatos, con un moño casi tan firme como su maquillaje.

En su cuenta de Instagram es posible verla interpretando a distintos personajes, como una obra donde manipula a Lautaro, destacado líder mapuche durante la Guerra de Arauco que es parte de su repertorio. “Como partí con referencia europea, también empecé a investigar el folclore chileno, específicamente con los mapuche y por contar la historia de los caídos. Con Lautaro busco la versión desde los que perdieron, siendo interesante porque me piden muchos colegios como parte de la materia de historia”.

Durand me comenta, ya con las piernas cruzadas sobre la silla en correcta posición de meditación, que Teatro en una maleta es autodidacta, autofinanciado y sin ningún fondo o auspicio. “Con lo que gano haciendo funciones me da para moverme. Con lo que hacía en Europa pude pagarme un viaje de dos meses donde hice calle en todas las ciudades que pillaba. Había harto público y me sirvió para darme cuenta que esta idea no existe”.

¿No?

Yo pensaba que había más gente haciendo esto, pero no existe el concepto de teatro en una maleta o de una obra que dure 45 minutos contada solo con marionetas. Lo que generalmente se ve es la marioneta moviéndose por la calle, con una manipulación o historia corta.

Claro, porque lo tuyo es partir de una maleta que abre consigo un gran teatro.

Sí. Lo otro es que muestro el truco. Yo no me escondo ni uso guantes. Yo y mis manos estamos ahí, haciendo las voces en vivo de diez personajes, en promedio, por función. Eso es lo entretenido, que puedo mostrar lo que pasa en la maleta pero también estoy yo, siendo al final un monólogo performático pero donde paso a segundo plano. Las marionetas terminan siendo las protagonistas.

Imagino que fue sorpresiva la aceptación del público por tu formato. ¿Cómo te sentías ante eso?

Muy feliz, fueron momentos muy poderosos porque tenía mucho miedo. Siempre tuve, desde chica, esa necesidad de dedicarme al arte y poder vivir de esto. Agarrarle un sentido más allá de solo hacer lo que me gusta y que funcione aquí o a nivel internacional, ha sido gratificante y me siento como un aporte.

¿De qué tenías miedo?

De que no gustara, que no fuera lo suficiente o que no cumpliera mi objetivo. O tal vez de no ser lo suficientemente fuerte y atreverme. Al principio, y todavía me pasa, es que llego con mi maletita, mi mesa y mi parlante a una plaza donde todo el mundo me mira raro. Es súper difícil. Al principio llegaba y nadie se acercaba. Debía hacerlo yo, explicar que empezaría una obra y todos como: “Ah, bueno”. Esa exposición me daba pánico pero después mejoró. Hoy me fluye, es natural, llego a un lugar y la gente se acerca sola.

Yéndonos a lo técnico, ¿cuánto demora hacer las marionetas?

Es relativo. En hacer una me puedo demorar tres horas porque es algo profundo al llevar toda una idea detrás. Muchas veces me han preguntado por qué no hago para vender y respondo que no me sale. Yo hago actores, pienso en el personaje que necesito. En el proceso de crear una obra me puedo demorar un mes, con todo lo que conlleva pensar la idea, el guion, la creación de personajes y escenarios. Ya, quizás dos semanas si estoy a full y en mi taller.

¿Cómo son tus ensayos? ¿Sola o con alguien viéndote?

Me gusta partir sola porque siempre estoy ensayando y arreglando cosas. Pruebo textos, voces y tiempos de cuánto me demoro. Al sentirme más firme pido a mis amigos que me vean. Hay veces que voy cambiando y aporta mi familia, o amigos de amigos. Gente que pille por ahí.

Un aspecto importante es que la maleta permite que todo tu proceso sea un viaje. Puede ser uno de aquí a la esquina o a otro país, como en tu caso, pero al final sigues siendo tú y tus creaciones.

Sí. Te quiero contar que en enero del 2018 pesqué un auto y lo cargué con mis seis obras. Llegué a Coquimbo y fui haciendo giras por todas las playas. Tongoy, Guanaqueros, La Serena, incluso tenía algunas funciones vendidas en la feria del libro de ahí. El resto fueron solo calle, plazas y playas, compitiendo con la arena y el mar. O en los juegos de Tongoy, donde me puse entre el barco pirata y el carrusel. Todo esto me da una libertad donde decido, pesco mi maleta y puedo estar en cualquier parte.

Sin lugar a dudas que todas esas experiencias provocaron una evolución de tu formato. ¿Cómo ha sido?

Ahora tiene oficio.

¿En qué sentido?

El hacer me ha vuelto mucho más experta, empoderada y más pulcra en mi trabajo. Es de mucha vocación porque es mi vida y estoy completamente dedicada a esto, por lo que debo entrenarme físicamente, preocuparme de mi voz y perfeccionarme en la técnica. Como me he dedicado al 100% en esto hay una evolución absoluta a como empecé.

¿Cómo es ese público tan peculiar como son los niños?

Es el más sincero. En ellos se encuentra la verdad absoluta, la capacidad de asombro y el agradecimiento más hermoso. Son canales de verdad porque cuando algo no funciona me entero al tiro. De hecho, me sale más fácil trabajar con niños que con adultos, como que hablamos el mismo lenguaje y eso me hace tomarlos como una opción de vida. No me imagino trabajando para otro público.

¿Pero cómo trabajas para ambos? Porque, por su condición, generalmente un niño está acompañado de un adulto.

Intento que lo mío sea transversal, común para todos. Lucho contra el prejuicio del adulto que dice: “Ah, esto es para niños”. Cuando ven una función se dan cuenta que no es así. Mis obras tienen guiños para estos y sobre todo, esa cosa mágica de volver a ser niño. Como son cuentos tradicionales, todos se convierten en el mismo público. Estoy aportando un poco de cultura y me agradecen mucho porque desmitifico lo que nos dijo Disney sobre los cuentos, porque no son así. La bella durmiente no se acaba cuando despierta, el príncipe tenía una mamá ogra y así muchos otros problemas mayores. Estoy mostrando la vida pero desde la suavidad de la fantasía.

¿Qué visión tienes respecto a los formatos tradicionales del teatro? En el sentido de que hoy no estás en estos, pero sigues haciéndolo con tu público y de manera determinada.

Primero decir que soy una fanática del teatro en todos sus formatos. Mi reflexión, al final, es esta necesidad de llevarlo a todas partes. Que se masifique más y que se desprejuicie.

¿En qué?

En eso de que no se entiende, de que siempre es depresivo, lejos y caro. Algo que luchamos desde que estamos estudiando y que es igual a ese miedo de que no hay trabajo. Como que hay que inventárselo y que hacer algo solo no se puede. Un pintor podría hacerlo pero un actor no, entonces para mí esto fue como romper con eso. Hacer algo más fácil, movible, accesible y que permite vivir de esto.

Algo que en lo tradicional, en un escenario y propuestas determinadas, resulta más difícil.

Para mí el teatro convencional no es opción por esta necesidad del viaje, de moverme y expandir todo esto. Lo que hago es un poco de publicidad por este oficio ya que puede estar en todas partes. El arte es educación y si eso va unido en una propuesta se vuelve más cercano. También va en la diferencia de ver algo que está sucediendo con respecto a la tele o el cine, donde ves una pantalla y es maravilloso, pero muy distinto a tener algo ahí, en vivo, donde suceda la acción in situ.


Imágenes cortesía Ignacia Durand

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09/05/2019 / Autor: Marcelo Salazar

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