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Estamos en una sociedad y una educación frustrada, aparentemente sin tiempo para reflexionar, detenerse y contemplar. Quizás justamente por ello tiene cabida la pregunta ¿cómo crear espacios y prácticas de zonas francas en la universidad, e instaurar así la clase como experiencia de sentido, exenta de dogmatismos y regularidades?

Deberíamos recuperar la conservación de las ideas fundantes de la acción pedagógica, y considerando lo anterior, la clase universitaria debiese transitar en un conflicto permanente. El ideal sería una especie de inconformismo, que movilice nuevas racionalidades que sitúen a los profesores en una constante posición de sospecha y asombro. Una racionalidad generadora de ambigüedades, preguntas y planteamientos integradores, reflexivos y creativos.

Se trata de instalar experiencias que signifiquen algo y resistirse al ideario educativo de la explicación y situarse en la des-explicación, cuestionando los mitos pedagógicos y enganchar a los estudiantes en un contexto discrepante de lo que han previamente experimentado. No crear los regímenes de verdad señalados por Foucault.

Esto presupone al docente tener conciencia de la ambigüedad del espacio universitario actual y resistirse a las cuestiones que alejan de las tareas de investigar, estudiar y preparar la experiencia de clase hacia la autonomía, donde las competencias técnicas se subordinan, como señala genialmente Ordine, a una formación cultural más amplia, capaz de animar a los alumnos a cultivar su espíritu con autonomía y dar libre curso a su curiositas.

El camino debiese ser retomar lo aparentemente inútil en la formación, aquellos saberes ajenos a cualquier finalidad utilitarista y que en definitiva nos ayuda a hacernos mejores personas, como la solidaridad, el respeto, la fantasía, las lenguas clásicas, el arte, la memoria del pasado, la libre investigación y entender que el aprender es como un viaje, en contante comunicación con el mundo.

Ya no basta un acto de transmisión y una lógica pedagógica que controla todo el proceso, se trata de enseñar la necesidad de búsqueda y vinculación, que produzca síntesis entre teoría y realidad. En este espacio el profesor es un constructor de mapas o comprensiones de esa realidad. La clase de este modo tiene una nueva gramática donde se producen encuentros de dos o más fragilidades y donde hay presencia latente de la voz de los estudiantes que cobra vital importancia.

Se debe que salir del colonialismo pedagógico y construir experiencias donde no hay una sola voz. Un lugar más incierto, múltiple, hermenéutico, emocional, creativo, reflexivo y cultural donde se generen las ignorancias necesarias para hacernos pensar y restituir de algún modo el valor de la curiosidad y la motivación.

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