Hoy se está discutiendo en forma acelerada el proyecto de ley que regula la televisión digital terrestre o televisión digital en Chile. La demora en la tramitación de este proyecto ha sido costosa y nos ha dejado como uno de los países en América Latina más atrasados para efectos del cambio de la TV análoga a la TV digital. Me refiero, además, a un proyecto que no toma en perspectiva hacia dónde va la forma de ver televisión o de consumir contenidos audiovisuales.

En sus origines, la televisión fue diseñada para ser una continuación de la radio a la que se añadían imágenes. Tanto es así, que nuestra primera legislación sobre la materia regulaba ambos medios conjuntamente, casi como si fueran una misma cosa.

Hoy, el consumo de televisión entre la población la ha transformado en un medio de comunicación social y de distribución de contenidos audiovisuales fundamental, pero que debe anticiparse a los tiempos. Al ver las nuevas formas de transmisión de contenidos audiovisuales a través de Internet, en que nuevos sistemas como Apple TV, Google TV, etc.. están llevando los contenidos a la pantalla del televisor pero de una manera distinta, el televisor ha pasado a de ser una caja de recepción unilateral, a posicionarse como una extensión de internet de consumo y entretenimiento por la cual se debe pagar.

El televisor poco a poco es una experiencia que añade, en la misma pantalla, la posibilidad de revisar el correo electrónico, chatear, jugar videojuegos en línea y hasta comprar. Por lo tanto, el desafío de nuestra ley no sólo estriba en reconocer una nueva forma de hacer lo mismo de siempre (es decir, comunicar), si no que en potenciar la nueva televisión, la televisión de la era de internet: multifuncional, bilateral y que forma parte integrante del acto de consumo de comunicación, información, educación y entretenimiento que se da en la pantalla de TV. Un tipo de consumo que se paga y que será tan habitual como el de agua o electricidad.

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