El término “ciudad inteligente” o “smart city” se está convirtiendo, en los últimos años, en uno de los más mencionados en un amplio espectro de debates, siendo también tema frecuente de exposiciones y charlas en todo tipo de eventos, desde los empresariales y de negocios hasta los relacionados con políticas públicas y universidades.

La razón tiene que ver con la necesidad de las organizaciones públicas y privadas actuales de ir conociendo –y asumiendo– los retos que impone el desarrollo de los espacios urbanos, especialmente, en términos de la infraestructura física –carreteras, energía, edificios, etc.– y de la infraestructura digital –Tecnologías de la Información y Comunicación– que se requieren para soportar y capitalizar las oportunidades y beneficios que ellas aportarán a las personas.

Se trata de las condiciones para maximizar la eficiencia operativa de la urbe a partir de la mejora de sus estándares sociales, económicos e incluso ambientales, posibilidad que pasa por el desarrollo y despliegue de plataformas tecnológicas que provean datos que permitan automatizar y monitorear procesos para así tomar mejores y más rápidas decisiones.

Ciertamente, detrás de la ciudad inteligente emerge otro concepto esencial: Internet de las Cosas (IoT, por su sigla en inglés: Internet of Things). La IoT alude a un mundo interconectado en donde millones de dispositivos, sensores y máquinas omnipresentes se conectan para ayudarnos en nuestra vida cotidiana.

Estos dispositivos son capaces de enviar información y están ya presentes en diversos aparatos (automóviles, maquinarias y electrodomésticos, por ejemplo), aunque se estima que muy pronto estarán presentes en todas partes, incluso entre nuestras ropas.

Los dispositivos y cosas conectadas se caracterizarán por estar enviando constantemente datos, muchas veces, sin que haya siquiera intervención humana en ese proceso de captura y envío; día a día los veremos multiplicarse más. De hecho, según estimaciones de Gartner, actualmente ya se conectan diariamente 5,5 millones de nuevos aparatos a Internet, por lo que este año se podría alcanzar ya los 6,4 mil millones de objetos y dispositivos conectados en todo el mundo.

En tal sentido, si pudiéramos definir un factor común presente en las ciudades inteligentes y en su infraestructura digital basada en la IoT éste sería, sin duda, la información. Estamos hablando de un sistema compuesto por muchos sistemas y redes con millones de dispositivos interconectados que “dialogan” y proveen información en distintos niveles para tomar decisiones y/o gatillar acciones.

Si lo pensamos bien, entonces, todo lo relacionado con la información será más crucial que nunca, por lo que el desafío de almacenar, gestionar, analizar y asegurar los datos constituye uno de los elementos centrales de la era de las ciudades inteligentes.

Bien sabemos, asimismo, que la empresas se encuentran hoy ante una verdadera explosión de datos digitales, situación que las lleva a prácticamente duplicar su información en un período que oscila entre 12 y 18 meses.

Si a ello sumamos el Big Data, es decir, el auge y crecimiento de los datos no estructurados (internos o externos, tales como correo electrónico, grabaciones del call center, redes sociales, videos, entre otros), y que cada día las empresas deberán usar más para afinar sus estrategias de negocios, estamos en presencia de un desafío que, sin embargo, desborda un planteamiento meramente técnico, y centrado en el volumen de datos, ya que se debe incorporar un visión más profunda y amplia.

Se trata de la completa integración de datos provenientes desde fuentes internas y externas, desde activos cercanos y remotos, en formatos diversos y que deberán ser jerarquizados, para almacenarse y resguardarse selectivamente de acuerdo a su nivel de importancia y vigencia. Pero tales datos también deberán procesarse a través de aplicaciones analíticas avanzadas para predecir y descubrir tendencias, en una minería de datos que, eso sí, deberá ser mucho más veloz respecto de las herramientas tradicionales de este tipo.

De esta manera, los datos provenientes desde esas fuentes dispersas y diversas, que en muchos casos además vendrán desde dispositivos y objetos pertenecientes a organizaciones públicas, proporcionarán antecedentes para anticiparse y tomar decisiones también en el ámbito privado, ya que se constituirá una especie de “sistema de sistemas”, con intercambio de datos constante.

Así, por ejemplo, incidentes o coyunturas viales, energéticas y comunicacionales, entre otras, y que pueden afectar el normal funcionamiento de la ciudad y, por consiguiente, de una empresa y su cadena de valor, permitirá a las organizaciones ejecutar soluciones inmediatas.

Desplegar entonces la infraestructura de TIC, las plataformas y las herramientas para almacenar, gestionar y procesar datos a gran escala es el desafío para todos los sectores y organizaciones.

La vida de las personas y las operaciones cotidianas de las empresas podrán ser mejoradas en base al análisis de datos, y todo este proceso debe sustentarse en adoptar estrategias con un poder de innovación de alto impacto y que se manifestará tanto en escala social como de negocios.

El dato, como nunca, será la moneda de oro en las ciudades inteligentes.

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