La ciencia y la tecnología marcaron el aporte de Chile en la COP25. Pese a que el cierre de la Cumbre Mundial de Cambio Climático dejó a algunos insatisfechos con los logros y acuerdos, en especial respecto a la definición del mercado de carbono, destacó el impacto que mostró la investigación científica en la sostenibilidad.

El aporte desde la ciencia y la tecnología es valorado por su rigurosidad, que se da tanto en el hallazgo de explicaciones a los hechos que afectan al planeta como en las respuestas, recomendaciones o soluciones. Esto está basado en datos, modelos matemáticos y algoritmos, y también se relaciona con la aplicación de tecnologías modernas de la información, en particular la inteligencia artificial, el modelamiento, la simulación y la toma de decisiones basada en datos.

Los métodos de Inteligencia Artificial, aprendizaje automático e inteligencia computacional son componentes esenciales de cualquier energía renovable o acción de actividad ecológicamente consciente. Esto se deriva del hecho de que para hacer que las energías renovables sean operativas, eficientes y viables, es necesario modelar y optimizar una miríada de fenómenos y procesos complejos.

Esto se aplica en las más diversas industrias, donde los recientes avances en sensores, gestión de datos y computación en la nube están transformando el entorno para los gerentes de operaciones. Los conjuntos de datos grandes y ricos se pueden ensamblar fácilmente a partir de fuentes diferentes con una potencia computacional sustancial disponible para el análisis.

«La ciencia y la tecnología marcaron el aporte de Chile en la COP25. Pese a que el cierre de la Cumbre Mundial de Cambio Climático dejó a algunos insatisfechos, destacó el impacto que mostró la investigación científica en la sostenibilidad».

Esto crea un entorno fértil para la aplicación de la inteligencia computacional. Los algoritmos de predicción, clasificación y optimización pueden ayudar a los encargados de la toma de decisiones en la gestión de recursos muy caros, donde incluso pequeñas reducciones de costos porcentuales pueden ascender a millones de dólares. La aplicación de la inteligencia computacional puede ser transformadora y generar eficiencia a gran escala y cambios importantes en las operaciones.

Sin embargo, hay un área que los investigadores y la industria han descuidado: el impacto ecológico de la inteligencia artificial en sí. De esto hablamos en la COP25, como un tema que nos preocupa hoy y mirando el futuro.

Recientemente se ha arrojado algo de luz en esta dirección. Por un lado, se pronosticó que para 2030 la mitad del consumo mundial de energía eléctrica será atribuida a las instalaciones informáticas. Y por otro, estudios recientes muestran que el diseño y el entrenamiento de modelos de aprendizaje automático de última generación produjeron la misma cantidad de CO2 que seis autos medianos durante su vida útil. Esto plantea muchas preocupaciones sobre cómo hacer una inteligencia artificial ecológicamente viable.

En esta dirección, se ha planteado la hipótesis de que la computación en la nube, la computación móvil, el aprendizaje por transferencia, la adaptación de dominios, la reutilización de modelos, el aprendizaje activo y la computación evolutiva, entre otros, podrían contribuir a producir una IA ecológica.

Esta es un área que aún debe explorarse adecuadamente tanto desde el punto de vista teórico como práctico. En eso trabajamos en Inria en Chile, en estrecha colaboración con académicos y empresas locales para impulsar una transformación digital consciente y sostenible con el medio ambiente.

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