María José Terré: “Se puede acabar con la crisis del agua a nivel mundial por medio de la tecnología”

20/11/2019 / Autor: Marcelo Salazar

La periodista chilena es la actual Directora de Comunicaciones de WATERisLIFE, una ONG que busca acabar con la falta de agua potable en el mundo. Para ello, esta organización ha elaborado distintos instrumentos con los cuales batallar esta crisis que afecta a los sectores más pobres del planeta, especialmente África. Durante su último paso por Chile, Terré nos comentó sobre su experiencia en Kenia, de lo necesario que es llevar este debate a esferas internacionales y de la nueva solución en que se encuentra trabajando esta fundación. Una máquina que permite, por medio de filtros condensatorios y de calor, obtener más de dos mil litros de agua por medio del aire.

Algo que la impactó fue el olor: era entre humo, agua estancada y putrefacción. Lo percibió el año pasado en una escuela de Nairobi, la capital de Kenia, donde estuvo trabajando con el grupo de voluntarios de WATERisLIFE. Se trata de una fundación que en 2007 se propuso un objetivo y no fue cualquier cosa: acabar con la falta de agua potable en el mundo.

“No podía creer ese olor, que no tuvieran agua potable y que, de todas formas, los niños de la escuela jugaran felices por el lugar. Sonriendo y a pata pelada”, recuerda María José Terré, periodista chilena y actual Directora de Comunicaciones de dicha organización a nivel mundial.

Ella bien lo sabe. El agua limpia es un lujo en África, algo a lo que no todos pueden acceder. En Kenia, solo por poner el ejemplo de la realidad que conoció, el 56% de la población tiene acceso al agua potable, según UNICEF. Para el resto, solo le queda ingeniárselas como se pueda en uno de los países más pobres del mundo. Algunos compran envasada —“aunque casi siempre la terminan vendiendo más cara, por la falta de recursos”, me aclara— mientras otros no tienen más opción que beber de la sucia, de la que tiene tierra, de la que tiene basura, de la que tiene heces, de la que tiene bacterias, de la tiene restos de animales.

De la que tiene muchas cosas que no deberían estar ahí.

“La falta de agua es una realidad en ese continente. Recuerda lo que ocurrió en Ciudad del Cabo —la segunda ciudad más poblada de Sudáfrica— con el “Día Cero”, donde se alertó que en pocos meses no habría agua. Como no había vuelta atrás, la gente empezó a racionalizarla. Fue así como, de un año al otro, ocuparon tres veces menos agua, evitando una tragedia mayor”, dice con leve satisfacción.

“(En Kenia) cerca del 90% de las muertes por diarrea, en un solo año, son en menores de cinco años. De hecho, a muchos no les ponen nombre porque no saben si van a vivir más allá del año o dos”

Nos reunimos durante una calurosa mañana de noviembre en Santiago, el día después de su llegada a Chile. Ella viajó desde Italia —donde se radicó tras la experiencia en Kenia— para dar a conocer el trabajo de WATERisLIFE en la COP25 que se desarrollaría en nuestro país. Sin embargo, como la cita se canceló debido a las movilizaciones sociales en contra de la desigualdad en Chile, me comenta que su mente ya se encuentra en Madrid, la nueva e improvisada sede.

María José Terré es cordial desde el saludo hasta la despedida. Habla harto, gesticula mucho más y se ajusta el reloj cuando puede.  Viste un vestido igual de verde que sus ojos, los que se abren aún más cuando se refiere a algo que vivió in situ, en carne propia. Me doy cuenta de eso al decirle que ya la conocía, antes de conocerla.

Fue por el programa 21 días, que emitió TVN en 2013. Un formato proveniente de España donde los periodistas se ponían en los zapatos, en las ropas y en las historias de quienes viven situaciones extremas. Terré vivió en un vertedero, vivió como ciega, vivió como alcohólica, vivió en la misma casa de una familia que espera una donación de órganos, vivió como una integrante más de las Fuerzas Especiales de Carabineros y vivió una serie de otras situaciones ajenas durante tres semanas. El tiempo que los humanos necesitan para cambiar un hábito.

Le digo que ya la conocía, también, porque leí su libro, Los pies del silencio (Editorial Renacimiento, 2013). Una novela que en la biblioteca de mi casa me saludaba con su lomo hasta que la tomé y comencé a leer. En esta se narra la historia de Eva, una chilena que deja todo lo que tiene en Santiago para irse a Calcuta, donde trabaja como voluntaria con las hermanas Misioneras de la Caridad. Algo que ella hizo realmente en 2008, con 22 años y con un mundo de sensaciones que pudo plasmar en todas esas páginas.

Se sorprende por mis recuerdos, los que agradece porque se siente halagada. Me habla un poco de lo que fueron ambas experiencias y noto lo de los ojos que les dije antes, aunque luego me doy cuenta que no es comparable a lo abiertos que están ahora. Cuando ya empezamos a hablar de su ingreso y trabajo en la fundación WATERisLIFE.

“Estaba grabando otro programa —Camioneros, emitido por 13C— cuando un amigo me llamó. Él me dijo que necesitaba verme, que por favor tomáramos desayuno al día siguiente porque era urgente. Quería presentarme a alguien que estaba de paso por Chile. Yo no podía y se lo dije, él me insistió y terminé preguntándole quién era. Una vez que supe, no dudé en aceptar la invitación”.

Dicha persona era Kent Sturritte, el fundador de WATERisLIFE. Un estadounidense que hace 15 años atrás hizo su primer voluntariado en zonas pobres de Kenia, sin saber que no volvería a ser el mismo. Pese a que fue hace mucho, en dichos momentos la cantidad y la calidad del agua africana ya se consideraba “en crisis”.

A Terré le comentó que comprobó este último punto en cada rincón que visitó, incluso en escuelas similares a las que Terré conoció el año pasado. Sin embargo, para el norteamericano nada fue tan chocante como cuando estuvo bajo la ducha del hotel en se estaba quedando, mientras esperaba a que el agua se pusiera caliente.

“No es una imagen bonita —recordó Sturritte, en una entrevista del año pasado— pero fue ahí donde me di cuenta. El agua es vida aquí. La gente con la que trabajaba daba lo que fuera por tener el agua que dejaba caer por el desagüe mientras calentaba la ducha”.

Esa misma historia fue la que convenció a Terré de decir sí, que quería participar. Dado su oficio, decidió integrar el área de comunicaciones además de, obviamente, ser parte del trabajo en terreno. Estuvo dos meses en Kenia, donde conoció la realidad sanitaria, ambiental y educacional del país. A la escuela del olor a humo, a agua estancada y putrefacción, llevaron algunos de los instrumentos que busca masificar esta ONG, como pastillas que limpian el agua o filtros —de dos tamaños: para botellas de plástico individuales y para bidones grandes— que remueven los elementos nocivos. “Aunque eso no es lo único”, me anticipa con los ojos bien abiertos.

—¿Con qué otros elementos trabaja WATERisLIFE?

 Lo último es “WE”, esas dos siglas significan “water” y “energy”. Es una máquina que lleva 10 años en proceso de desarrollo y por la que se han gastado millones de dólares. Es de un inventor gringo que trabaja junto a su equipo en México. Mide un metro cuadrado, pesa 150 kilos y produce dos mil litros de agua al día.

—¿En serio? ¿Dónde está el secreto?

En que extrae agua del aire. En la atmósfera está el agua que necesitamos todos los seres humanos del planeta. Lo que pasa es que no sabemos cómo extraerla, pero sí tenemos claro que existe como “humedad ambiente”. Con este equipo se podría extraer agua de la atmósfera por medio de unos filtros condensatorios, los que congelan las moléculas de H2O. Luego, viene el trabajo de otro filtro que derrite todo eso y permitiría separar el agua de cualquier otro elemento presente en el aire. Esa agua, claramente, sería sin ningún material ni contaminante. Absolutamente pura.

—¿Y cómo funciona “WE”?

 Es eléctrica. Gasta 200 W, lo mismo que un refrigerador, prácticamente nada para producir dos mil litros de agua al día, que pueden abastecer a toda una comunidad. Si no hay donde enchufarla, cuenta con un panel solar y, si estás en un subterráneo, tiene una batería recargable. Fue diseñada para acabar con la crisis mundial del agua de aquí a 10 años, por lo que pensamos que si logramos distribuir 400 mil máquinas como esta en todo el mundo, podríamos estar en condiciones de asegurar que esa crisis sería solucionada.

—Algo que quizás no se habría logrado de otra forma que no fuera con tecnología. 

Sí, estoy a cargo de presentar esta innovación y de que el mundo conozca y se involucre con ella, más allá de la parte voluntaria y social, porque es una máquina bien pensada. No solo ayudaría con el fin de acabar con la crisis mundial, sino que también volvería más sustentables a otro tipo de sectores como el comercio, como los establecimientos, como las oficinas y un sinnúmero de lugares que gastan mucha electricidad al mes.

—¿En qué sentido?

Como produce grandes cantidades de agua, quienes la desarrollaron también pensaron en cómo generar electricidad con esto. Por eso la “E” de “energy”. El sistema de esta máquina permitiría que toda esa agua también pueda ser utilizada para generar energía eléctrica, la que también serviría para abastecer a una comunidad.

—Tomando esos dos elementos, ¿qué reacciones crees que habrá cuando den a conocer esto?

Todavía no hemos pensado qué pasará, porque puede que haya varios reacios que no quieren reemplazar lo tradicional por algo así, una máquina que cambiará todo. Sin embargo la intención de WATERisLIFE y de “WE”, sigue siendo la misma. Acabar con la crisis mundial del agua por medio de tecnología.

—¿Cómo consideras los lineamientos actuales con respecto al debate mundial sobre el agua? Porque acá en Chile, por ejemplo, podemos tener una manera de pensar que de seguro será distinta a la de un keniano o habitante de otro país africano.

 Yo creo que es necesario el debate sobre el agua a nivel internacional y no local, por algo muy simple. No somos conscientes del agua hasta que nos falta. Por ejemplo, ¿cuánto me pagarías por un vaso con agua y hielo si estás en el desierto, muerto de calor?

—Mucho. Todo lo que tuviera.

 ¿Y cuánto me pagarías ahora? En este café.

—Es probable que nada.

 Con esto quiero decir que todo es relativo y por lo mismo, el debate debe ser a nivel internacional.  Cuando algo está garantizado, su valor cambia, y cuando no, también. Acá nosotros sabemos que tenemos agua garantizada, pero si no hacemos un correcto uso estaremos mal en poco tiempo. Además, sabemos que hay compañías multinacionales que cambian los usos de los ríos para poder trabajar con el agua, lo que afecta negativamente a los parques, a los bosques y sobre todo, a la agricultura.

—Iniciativas como la suya, ¿qué impacto pueden tener en la comunidad?

 Es difícil hacer un seguimiento. Luego del trabajo en esa escuela de Nairobi, consulté y la profesora me dijo que sí. Que ocupaban nuestras pastillas y filtros. Ahora, eso es difícil de medir y transmitir sabiendo que lo utilizan niños, quienes no tienen completa conciencia sobre lo mal que les hace eso que siempre han bebido. Es por esto que el mayor impacto que podemos tener es en los comportamientos y en los hábitos, porque así haremos prevención del posible sufrimiento y consecuencias de muerte que pueden haber. Allá me decían que cerca del 90% de las muertes por diarrea, en un solo año, son en menores de cinco años. De hecho, a muchos no les ponen nombre porque no saben si van a vivir más allá del año o dos.

—¿Cómo lo haces para trabajar cuando te enteras, por ejemplo, de ese dato? En pleno siglo XXI, que haya gente que no puede tomar agua limpia es, por lo menos para mí, terrible.

 Sí. La realidad que me toca es chocante y difícil. Creo que en los voluntariados que he hecho, como también en mi trabajo de periodista, me he vuelto fuerte, pero aún así las cosas nunca dejan de afectarte. Imagínate, el primer voluntariado que hice fue a los 22 años, en India, una realidad también muy distinta a la de Chile. Sin duda que era más blanda, era más inocente e ingenua, y sin duda fue algo que me marcó más que lo que me tocó en Kenia. Pero siempre he sido una aventurera y una persona que necesita ver más allá de la burbuja.

—¿Burbuja en qué sentido?

En que, independiente de la realidad que vivimos cada uno, en Chile estamos en una burbuja. Por eso me gusta seguir trabajando como periodista, ya que me interesa mucho descubrir, conocer y entender distintas realidades del planeta a través de la comunicación, con la que puedo mostrar lo afortunado que somos.

—¿Qué sigue para WATERisLIFE en 2020?

El trabajo de WATERisLIFE es voluntario, aunque se sigue trabajando para formar un equipo fijo de trabajo. Lo necesitamos porque sabemos que se puede acabar con la crisis del agua a nivel mundial por medio de la tecnología. Sabemos que la gente necesita vivir, pagar cuentas y dormir bajo un techo, por lo que nuestro próximo objetivo es ser capaces de tener sueldos y de financiar grupos que se dediquen a cumplir nuestro fin. Ahora, personalmente, la vida me ha dado todo para poder hacer esto de manera voluntaria, por lo que creo que seguiré así. A mí me mueve esto, es como una pasión.


Imagen principal cortesía Jonathan Cosens / Unsplash

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20/11/2019 / Autor: Marcelo Salazar

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