Mis Favoritos

 

El paso del mes de septiembre es especial en el país. Aflora un amor a la patria desmedido que va disminuyendo lentamente a medida que transcurren los días.

En otros países, en cambio, mantienen su espíritu patriótico durante todo el año, lo que implica valorar un sin número de elementos que conforman su sello propio.

Durante septiembre tenemos una actitud positiva, es algo que se siente en el aire. Nos movemos con un ánimo diferente, qué duda cabe. Mirando el calendario para saber cuánto falta para celebrar, comiendo empanadas junto a un vaso de chicha y una cueca bien zapateada.

Sin embargo, pasados esos días Chile no se caracteriza por ser una nación que se valore. Es un país rico en cultura e historia, pero que en ocasiones carece de identidad y que tiende a la copia.

Sabemos que nuestro país es mucho más que cobre y -poco a poco- las nuevas generaciones se han dado cuenta de eso. Hoy trabajamos en la búsqueda de una identidad por medio de distintas herramientas que redundan hasta en lo económico.

Por eso, septiembre, amor a la patria, economía e innovación tienen mucho que ver. Todo se une en un círculo virtuoso y he aquí el por qué.

Nuestro país siempre ha dependido del commodity, específicamente del cobre. Nos cuesta desligarnos del mineral y en consecuencia, todas las cifras macro económicas dependen de ello.

Es alarmante que casi todo el presupuesto nacional se base en el precio del cobre. Salir de esta “zona de confort” económica nos cuesta mucho y la dependencia de este metal es casi un mal obsesivo. ¿Qué pasa si salimos de ahí?

Primero, subrayando que el país es una “larga y angosta franja de tierra” con un sinfín de productos únicos en cada región. Aceitunas en Azapa, limón en Pica, chicha artesanal en Curacaví, langostas en Juan Fernández, atún de Isla de Pascua, cordero chilote, maíz lluteño, sazonado con sal de Cáhuil Bayeruca Lo Valdivia, prosciutto de Capitan Pastene, tomate Angolino, dulces de Curacaví, dulces de la Ligua, la artesanía de Pomaire o Quinchamalí y los mantos y chamantos de Doñihue, entre otros tantos productos únicos.

Si, únicos. Chile los ha reconocido así con un sello especial y con toda la popularidad que han adquirido, se puede hacer mucho. Ya no sólo el vino es nuestra carta de presentación y exportación. Hoy podemos decir orgullosos que unas ricas aceitunas de Azapa son cien por ciento nacionales y únicas en sus características organolépticas.

De igual forma, la técnica del manto o chamanto de Doñihue es un tesoro humano vivo. Todo esto genera que los habitantes de dicha zona se enorgullezcan aún más de su región y consideren que mediante sus propios productos -junto a la innovación- mueven la economía.

Dichos elementos tan únicos de un país toman una relevancia primordial de la mano de la Propiedad Intelectual, pues gracias a la protección que reciben -sea mediante la designación de denominación de origen o indicación geográfica- pasan a ser fuentes generadoras de riqueza en las economías modernas.

Cuando un producto de nuestro país se le reconoce con una denominación de origen o una indicación geográfica, implica que productos con dichas características sólo pueden ser encontrados en esa región.

Al mismo tiempo, el proceso, el saber hacer de aquella localidad de artesanos – por ejemplo – mediante el cual se obtuvo el producto, es único. En otras palabras el know how es sólo de ese lugar.

Se trata de cosas que –precisamente- construyen la marca país, aquella que buscamos exportar en cada feria internacional o festival. Por eso, hacer de septiembre todo el año depende de nosotros.

Sin comentarios Deja tu comentario