En el pasado, la vejez era reverenciada como símbolo de sabiduría y respeto. Los ancianos conservaban la tradición, transmitían los valores y guiaban a los más jóvenes de la tribu más allá de los problemas cotidianos, como la caza o la guerra.

Las cosas han cambiado bastante. Hoy nuestra perspectiva respecto a la vejez, la llamada tercera edad, es muy diferente. Estigmas de todo tipo circundan a “los viejos” a tal punto que la expresión misma contiene en ocasiones un sentido peyorativo. Y si bien en los últimos años ha aumentado la conciencia y el respeto por nuestros ancianos – algunos a los cuales ni siquiera debiésemos llamar así aún – el sistema todavía les es muy agreste. En el mundo de la empresa es aún peor.

¿Qué pasó en el camino? El asunto da para largos análisis, pero quizás una explicación es que, en la construcción de nuestra organización moderna, donde la producción, la eficiencia, el crecimiento y la riqueza comenzaron a ser los motores, quienes tienen menos posibilidad de aportar en esas variables se vuelven “menos útiles” quedando fuera. Si no puedes cazar y no puedes ir a la guerra, no nos sirves.

Por un consenso que en su minuto pareció razonable, la sociedad acordó que a los 60 y 65 años eran un buen momento para que mujeres y hombres respectivamente dejaran de trabajar y pasaran a una etapa de “descanso” de “cosecha” y de “tranquilidad”. Sin quererlo esa edad se volvió la línea mágica que dividió a los que sirven de los que “ya no tanto”.

Pero los números no mienten y la economía tampoco. El último Censo registró que este segmento alcanza los casi tres millones de personas, lo que corresponde a un 16,2% del total de la población y se estima que se convertirá en un 28% para el año 2050. Por otra parte, el número de personas que trabajan más allá de la edad de jubilación ha crecido en gran medida viéndose un aumento entre el 2010 y 2016 de 147.506 en el caso de las mujeres de 60 o más años y 148.423 los hombres de 65 años o más, según el Centro de Políticas Públicas UC. La tasa de empleos entre 65 y 69 años en Chile es de las más elevadas de la OCDE.

Esta realidad nos exige reevaluar el sistema que hemos creado preguntándonos si queremos que siga cómo está o les abrimos nuevamente las puertas a una porción importante de la sociedad que estamos olvidando. Y es aquí cuando viene el instinto natural de hacernos preguntas. Preguntas basadas en el modelo que tenemos: ¿Cuánto pueden producir, cuán eficiente pueden ser, cuánto crecimiento pueden alcanzar o cuanta riqueza pueden generar?  Donde posiblemente nuestras respuestas serian: poco, no mucho, algo, nominal.

¿Cómo incorporar a la tercera edad, más allá de “darles un trabajo” “fácil”? ¿Qué nos perdemos cuando configuramos equipos de “jóvenes”, creyendo que ser joven es igual a todo lo bueno?

Estrés, alienación, alta competitividad, agresividad, sentido transaccional, y falta de propósito, son enfermedades organizacionales que aquejan a muchas todos los días. Quizás estas afecciones tienen como origen la falta de una encima o de una vitamina. Tan grave como no incorporar a la tercera edad en la empresa es que la empresa se haya olvidado de lo que la tercera edad nos enseña. Como al que le falta Vitamina D le duelen los huesos, quizás a nuestras empresas le falta vejez. En su constitución y forma de mirarse y entenderse.

Un mundo sano y equilibrado necesita de la diversidad, y la voz de los mayores es la que precisamos de vuelta. Los cambios sociales y legislativos son lentos, por esto empezar por las organizaciones ayudará a movilizarnos hacia la construcción de espacios diversos donde la tercera o la cuarta edad encuentre el desarrollo de su potencial y donde la organización encuentre algunas de las cosas que ha perdido.

¿Cómo incorporar a la tercera edad, más allá de “darles un trabajo” “fácil”? ¿Qué nos perdemos cuando configuramos equipos de “jóvenes”, creyendo que ser joven es igual a todo lo bueno? ¿Cómo seguir avanzando hacia la verdadera diversidad?

Responder estas preguntas, y aún más aplicarlas, no será fácil y requerirá en gran medida de generar capacidad adaptativa que nos permita repensar la manera en que estamos construyendo nuestras organizaciones y aprender de ello.

Estas semanas en que como país hemos visto surgir tantas necesidades ocultas, retomamos con más fuerza la idea de que existe una oportunidad al entender los beneficios que aportan los adultos mayores. Capacidad de liderazgo, mentoría, estabilidad y experiencia son algunas de las capacidades que podemos destacar.

La invitación es a dejar de ver a las organizaciones como entidades que solo piensan en la caza y en la guerra, imaginando empresas más inclusivas, no solo para redescubrir el valor que tienen las personas de la tercera edad, sino que la diversidad en su totalidad.

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