Nuestra experiencia en temas de innovación corporativa y empresarial en los últimos 20 años nos deja algunas conclusiones interesantes para compartir, a propósito del nacimiento de la nueva institucionalidad en Chile representada por el Ministerio de Ciencia y Tecnología.

La pregunta es clave, y los enfoques que se adopten pueden tener muy alto impacto: ¿Dónde quedan las empresas en el “modelo” y la visión estratégica del Ministerio? Si en los últimos años no se ha logrado avances, y la inversión privada en I+D sigue entre las más bajas de OCDE y del mundo desarrollado, por algo ha de ser. Hay algunas señales que dan cuenta del problema:

  • En el informe 2018 del World Economic Forum – UAI (Índice de Competitividad Global), Chile ocupa el lugar N°33 entre 140 países, el primero en Latinoamérica en cuanto a condiciones estructurales, pero en el mismo informe, ocupa el lugar N°82 en el ítem la relacionado con la capacidad de las empresas para adoptar ideas disruptivas.
  • En la versión 2018 de nuestro propio estudio latinoamericano Innovation ScoreCard (Perfil de Madurez para Innovar), Chile ocupa el 7° lugar entre 10 países y más de 200 empresas, siendo Panamá el país con empresas más innovadoras en la región.

El problema es claramente cultural. El conservadurismo del empresariado chileno queda patente en este tipo de resultados, y por otro lado queda en evidencia el tremendo esfuerzo que han hecho hasta el momento instituciones como CORFO y otras para fomentar la innovación en la empresa. Desde la ciencia y la tecnología, por otro lado, el enfoque tradicional ha sido el “push”, es decir, la política pública, las instituciones y los programas de apoyo han buscado exponer y empujar la tecnología hacia las empresas. El problema es que han chocado con las empresas, que tienen foco mucho más cortoplacista, una actitud de rentista aplicada a activos “seguros”, con baja tolerancia a la incertidumbre.

¿Cómo incorporar entonces al mundo empresarial en la visión y enfoque del nuevo Ministerio, cuyo objetivo declarado es el diseño, formulación, coordinación, implementación y evaluación de las políticas, planes y programas destinados a fomentar y fortalecer la ciencia, la tecnología y la innovación derivada de la investigación científico-tecnológica?

En nuestra opinión, si lo que necesitamos es fomentar y fortalecer la innovación de base científico-tecnológica, hay que partir por entender y fortalecer la demanda de las empresas en este ámbito. Fomentar y promover la ciencia y la tecnología nacional es orientarse a fortalecer la oferta por ella. Promover e impulsar la innovación es orientarse a fortalecer la demanda por ciencia y tecnología entre las empresas, que son las encargadas de “bajar” esa ciencia y tecnología al mercado, transformándola en innovación. Un análisis empresarial básico recomienda generar un “cuadre” entre oferta y demanda.

El problema entonces es que nos focalizamos en el producto, no en la necesidad de los clientes. Si nos dedicamos a fomentar la ciencia y la investigación sin entender o considerar lo que las empresas demandan, tendremos una oferta que nadie quiere. Y si las empresas no consiguen lo que necesitan para innovar en esa ciencia y tecnología nacional, la buscarán afuera, en desmedro de las universidades e instituciones que gestionan la oferta nacional. La confusión tan frecuente entre I+D (Investigación y Desarrollo) e Innovación está detrás de este problema. ¿Qué clase de política pública, planes y programas hacen falta para fomentar la demanda por ciencia y tecnología en las empresas? ¿Cómo podemos lograr que las empresas aprecien el valor agregado y la diferenciación que aporta la ciencia y tecnología a sus negocios?

Es grande el desafío del nuevo Ministerio, y no será fácil. Pero la sola existencia de la nueva institucionalidad ya es un buen inicio, si las demanda empresarial por ciencia y tecnología no queda fuera del radar.

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