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¿Cómo sería si me hubiesen entregado una hoja en blanco para descubrir y diseñar mis propias herramientas?

Desde que llegamos a este mundo, estamos programados. Programados por reglas y códigos que nosotros mismos inventamos. Nací, crecí, aprendí y pasé etapas. Primero el colegio y luego la universidad donde estudié ingeniería comercial.

Nadie me preguntó si me gustaban las matemáticas o las letras, nadie me dio a elegir entre la pastilla azul o roja (como la película “The Matrix”).

Analicé casos de éxitos y aprendí modelos económicos, moldeando mis pensamientos y preparando mi estrategia para la próxima etapa. Siempre enfocado en lo que se viene, el trabajo.

Eso para lo cual te preparas casi dos décadas y para lo que nos programan desde que tenemos conciencia. Llega el gran día, trabajamos ¿y qué sigue? Agregarle tiempo, hijos, nietos…¿alcanzar la casa propia? y morir.

Algunos dirán que uno elige qué estudiar, pero ¿qué convicción y seguridad tiene un adolescente sobre qué querrá hacer durante los próximos años de su vida? Al final, toda esta preparación y estudio, me dio claves, palos y un martillo y una vez egresado empecé a construir.

¿Pero si si me hubiesen entregado una hoja en blanco para descubrir y diseñar mis propias herramientas y luego me dieran el espacio para salir a construir donde mi mente me lo permita?. Sin reglas, sin códigos, ni herramientas de otros.

Hoy, disfrutando de mi carrera, esa hoja en blanco la encontré, aprendiendo a programar e interiorizándome sobre códigos computacionales. Abrí mi mente y esta hoja, quizá la más poderosa de este tiempo, me permitió construir, innovar, emprender y simplemente volar.

La falta de límites de esta hoja en blanco me hace creer que todos debiéramos saber programar y aprender el lenguaje ya no del futuro, sino del presente.

Hoy muchas instituciones educacionales ya están tomando en cuenta la importancia de esta herramienta -como lo es el caso del Loess School en Calama, en el que un grupo de alumnas desarrolló una app anti bullying en el trabajo- pero aún necesitamos que sea algo a nivel nacional, que todos y cada uno de los alumnos en Chile aprendan programación.

Esto es un proceso que debemos acelerar, haciendo ver lo urgente e importante que es tener el pensamiento computacional y el manejo de sus lenguajes al interior de las clases.

En Uruguay ya alcanzaron la cifra de cincuenta colegios públicos enseñando programación y esperan integrar a la totalidad estos establecimientos en sólo unos semestres más. En Europa, mediante su sistema de educación S.T.E.A.M, que sus siglas se refieren a ciencia, tecnología, ingeniería, artes y matemáticas, están invirtiendo 13 millones de euros de aquí al 2020 para integrar la tecnología como un pilar fundamental en la educación.

Si Chile invierte en que escolares, jóvenes y profesionales aprendan a programar desde las bases de su enseñanza, si los establecimientos educacionales actualizan sus mallas curriculares, si la enseñanza te entregara una hoja en blanco que permitiera crear y no sólo usar lo que ya existe, si todos los chilenos destinaran tiempo a eso, podríamos pensar distinto sin encerrarnos en lo ya existente, ganando grandes atributos del pensamiento computacional como el enfocarnos en los resultados, en la resolución de desafíos y el pensar de una manera más independiente. No esperar a que alguien lo haga por ti.

Hoy en Chile faltan miles de profesionales capacitados en tecnologías de la información, asimismo saber de tecnología o de programación es cada vez más una herramienta importante en la formación, permitiendonos derribar barreras y abrir más procesos de trabajo, ser más creativos o -incluso- si pensamos desde más abajo, entender lo que hacen muchas industrias o cómo se crean ciertas soluciones tecnológicas.

Sin el pensamiento computacional, muchos pueden quedar atrás y -peor aún- desperdiciar una herramienta importante que nos permite crear y hacer algo mejor.

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21/09/2017 / Columnista: Benjamín CoxCEO de Launchpad.cl

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