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Innovación es una de la palabras más usadas o mal utilizadas en el mundo de los negocios actualmente. Se encuentra entre las más citadas en la planificación estratégica y/o informes anuales de grandes empresas y en la última década –incluso- ha reemplazado a la palabra sinergia.

El concepto de innovación, generalmente, se relaciona con nuevas ideas, creatividad, capacidad inventiva y alternativas de construcción. Hoy escuchamos hablar de innovación como algo nuevo, algo inventado recientemente por políticos, académicos y empresarios, como una nueva metodología para la solución a los problemas actuales.

Sin embargo, en el listado de los innovadores “top ten” de todos los tiempos encontramos nombres clásicos como Leonardo Da Vinci, Galileo Galilei, Benjamin Franklin, Nikola Tesla y –obviamente- Thomas Edison, por nombrar algunos.

Todos ellos, independientemente del tipo de innovación que hicieron, crearon algo nuevo que mejoró la vida de las personas.

La verdad es que la innovación es la característica más humana de las manifestaciones económicas. Es una actividad que no podemos delegar a las máquinas, a rutinas o a agendas. Innovación se trata de pensar y actuar de forma diferente a lo que se ha hecho anteriormente. En realidad, es difícil imaginar algo más humano que eso.

Las personas pensamos. Eso es lo que hacemos. Y esa capacidad de pensar y generar nuevas ideas es nuestra gran ventaja biológica.

Los humanos tenemos muchas debilidades: nuestros dientes son miserables, no podemos correr especialmente rápido, tampoco somos buenos nadadores, nos congelamos a bajas temperaturas, nos es difícil trabajar duro en climas muy calurosos.

Tampoco somos especialmente hábiles para trepar árboles o camuflarnos en la naturaleza. En general, como especie estamos pobremente dotados para hacer grandes esfuerzos físicos, pero contamos con un gran cerebro.

Los peces nadan, los pájaros vuelan, los humanos pensamos, creamos e innovamos. Pensar no es algo que las personas hagamos porque nos gusta, lo hacemos porque es nuestra forma de sobrevivir. No es posible estar a favor o en contra de la innovación, porque innovar es algo que hacemos en forma natural.

Estar buscando nuevas formas de hacer las cosas y tener la capacidad de cuestionarnos a nosotros mismos son cosas que ningún otro animal puede hacer.

Otra característica fundamental de las personas es la capacidad para entender que el entorno en que vivimos hoy no será -necesariamente- el mismo mañana, por lo tanto estamos preparados para el cambio, para adaptarnos rápidamente a entornos diferentes. Podemos movernos a otros lugares, aprender nuevos idiomas y aprender a vivir en otras culturas.

La primera piedra fundamental de una política de innovación es permitir a las personas ser personas y desarrollar su autonomía de pensamiento. Las organizaciones y empresas deben creer en la capacidad de crear nuevas ideas y de transformar eso en aplicaciones reales y útiles.

Cuando hablamos de innovación, lo hacemos sobre nuevas ideas aplicadas en beneficio de las personas, por lo que es necesario abordarlas desde una perspectiva más amplia, más humana.

Al decir que queremos una sociedad más innovadora no basta con estimular la investigación científica, el desarrollo tecnológico o con fomentar la especialización en posgrados y doctorados en áreas afines a la tecnología. Resulta igualmente importante estimular la creación musical, los colores, las formas, los sonidos, el movimiento, las comunicaciones.

Muchas de las grandes innovaciones de las últimas décadas están en el área de la interacción máquina-persona. En esta área el sector cultural ha sido incansable en la inyección de nuevas innovaciones que están cambiando nuestro actual estilo de vida digital.

Al pensar en la contribución del arte al desarrollo tecnológico, es imposible no recordar a Steve Jobs, fundador de Apple, quien en un charla a las estudiantes de la universidad de Stanford titulada “Conectando los puntos”, dijo que la idea de crear un computador con una interfaz amigable para los usuarios la había tenido mientras estudiaba un curso de caligrafía en la universidad. Este tipo de interfaz amistoso fue el legado de Apple a la revolución en tecnologías de la información.

Por eso hay que tener una cosa clara: esa idea de que “la necesidad es la madre de la invención” ya la preconizaba Platón en “La República”. Y es que, en principio, la falta de recursos lleva inevitablemente a inventar y agudizar el ingenio: esa es la forma en que las personas nos hemos adaptado y sobrevivido.

Con todo lo dicho, entonces, ¿cómo pueden las organizaciones y empresas estimular la innovación? Las organizaciones que quieren innovar deben buscan personas creativas que piensen de manera diferente, de manera no convencional, fuera de la caja.

Pero deben entender que, por lo general, este tipo de personas también se comportan de manera no convencional, fuera de la caja, y en ese contexto ser creativo puede convertirse en un riesgo social. Las organizaciones tienen que ser capaces de integrar socialmente a todo tipo de personas y estimular la diversidad de pensamiento.

Actualmente hay suficiente experiencia práctica acumulada para asegurar que la innovación necesita estimulación y políticas bien dirigidas. Hay que permitir a las personas ser humanas, estimular la búsqueda de nuevas soluciones a problemas antiguos. Crear una cultura organizacional en que debe estar claro que lo único constante es el cambio

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