La importante acogida a la nueva ley chilena que otorga franquicias tributarias a la inversión en I+D de las empresas (más que algo nuevo, una mejora muy bien pensada a la ley anterior), está reactivando una discusión más de fondo sobre la diferencia entre I+D e innovación. Esto se produce porque la ley obliga a definir muy bien qué actividades concretas califican como actividades de I+D al momento de postular un proyecto, y muchos e han empezado a dar cuenta que I+D e innovación NO son lo mismo.

Ya lo decía Hartmutt Raffer, ex-CTO (Chief Technology Officer) de Siemens: hacer I+D es tomar un dinero y transformarlo en ideas, tecnologías, y conocimiento. Innovar es tomar esas ideas, tecnologías y conocimientos y transformarlas en dinero. El famoso «círculo de Raffler» ha servido para explicar la diferencia entre I+D e innovación en muchos contextos: a la hora de organizarse para innovar en la empresa; en el diseño de instrumentos de fomento en el gobierno; en la comprensión generalizada de que es perfectamente posible innovar SIN hacer I+D, y en el entendimiento de que es posible hacer mucha I+D cuyos resultados NO terminen en innovación. El mundo está lleno de patentes de invención que nunca fructificaron en productos por los que un cliente estuviera dispuesto a pagar; otras son procesos o tecnologías que son inviables en los contextos de mercado actuales; y muchos otros. Por otro lado, si necesito I+D, hacerla internamente: también puedo comprar o «externalizar» el I+D con organizaciones como Fraunhofer o CSIRO, que son empresas cuyo giro es precisamente realizar I+D específico, como negocio.

Hacer I+D aplicada en una empresa es esencialmente tratar de resolver o superar incertidumbres tecnológicas, o de proceso. No hay certeza de que una cierta tecnología funcione adecuadamente en el contexto de mi negocio; o mejor aún, una vez hecha la investigación y vigilancia tecnológica y de patentes a nivel global, simplemente no hay una tecnología disponible que resuelva nuestra necesidad. Hacer innovación, por otra parte, es tomar esos resultados de I+D (o ideas de otras fuentes, no necesariamente I+D), y llevarlas al mercado en forma de productos; implementar cambios en los procesos; generar nuevas aplicaciones en un teléfono; o cambiar modelo de negocio y generar nuevas fuentes de ingreso.

La pregunta clave es: ¿tenemos que hacer I+D para innovar? Respuesta clarísima: NO. Y justamente esta disyuntiva y confusión conceptual es la que a mi juicio frena mucha innovación, especialmente en las PYMES, ya que muchas empresas ven (y con razón) a la I+D como algo muy lejano a su día a dia. Esto no quiere decir que una empresa minera o del salmón en Chile no deba hacer I+D, todo lo contrario; pero una mediana empresa en el sector de servicios logísticos también puede y debe innovar, incluso radicalmente, y para ello probablemente no necesite hacer I+D de ningún tipo.

Surge entonces el problema del acrónimo I+D+i: ¿no estaremos mezclando peras con manzanas? I+D no es lo mismo, ni se gestiona igual ni en un mismo proceso, ni tiene las mismas fuentes de ideas, ni ocurre en los mismos plazos o secuencias de actividades, ni se financia igual, que la innovación. ¿Por qué entonces insistir en crear «normas I+D+i», medir el perfil innovador de un país por la inversión en I+D, y pretender gestionar estos temas como si fueran una sola cosa «mezclable»?

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