Mis Favoritos

Al carecer de los niveles requeridos de colaboración entre empresas, universidades y start-ups, Chile no puede mantener el ritmo del cambio que se viene dando. La innovación es el nuevo color negro. Las nuevas tecnologías digitales transforman la forma en que nos desenvolvemos día a día.

Personas, entidades financieras, gobierno, medios y empresas viven la transformación digital en carne propia y es un hecho que sólo sobreviven las que mejor se adapten a este entorno digital, globalizado y con usuarios que no aceptan niveles inferiores de servicio a los que observan en sus apps favoritas.

Y es más: La dinámica de innovación sigue acelerándose. Grandes empresas bajan y startups suben. Está muy claro que gracias a la caída de los costos de transacción, la economía del futuro estará basada en redes de pequeñas empresas y no en grandes corporaciones. Buena noticia para los emprendedores.

En nuestro país las grandes empresas se mueven muy lentamente puesto que no tienen incentivos para ir más rápido, sus estrategias no consideran el nuevo marco digital, los clientes están descontentos, las universidades muy desconectadas y nuestras start-ups, desfinanciadas.

Se debe hacer un cambio estructural y el camino es la colaboración. Las empresas deben adaptarse a un entorno radicalmente diferente, que exige modificaciones profundas en la manera de pensar los negocios, dirigir equipos y gestionar procesos para lograr una base estructural flexible, capaz de adecuarse iterativamente al cambio radical y continuo. Todo nos recuerda a Darwin.

Las organizaciones deben comprender que, si pretenden sobrevivir en esta era que es digital, deben estar dispuestas a probar alternativas a sus formas de operar con las que hasta ahora estaban muy cómodas. No sólo me refiero a nuevas soluciones tecnológicas o modelos de negocios, sino que a dinámicas de innovación basadas en colaboración con terceros muchísimo más profundas.

En particular, la colaboración de las actuales corporaciones con los startups es un imperativo estratégico para lograr los niveles de innovación requeridos.

En este matrimonio, los startups proveen natividad digital, agilidad y nuevas formas de pensar, mientras que las grandes empresas proveen capital, experiencia y estrategia. Las corporaciones deben asumir el rol de “nodrizas” de las start-ups.

Se trata de procesos de innovación abierta que ya han sido probados en países desarrollados y operan muy bien. Las corporaciones plantean desafíos adaptativos en cualquier nivel, por ejemplo, modelos de negocios, tecnologías, distribución o productos y convocan a startups que puedan proveer soluciones innovadoras para que, posteriormente, se transformen en sus clientes.

No es accidente que las empresas más grandes del mundo adquieran start-ups al ritmo de uno a la semana, luego de colaborar con ellos.

Los beneficios son muchos. Las corporaciones ganan talento joven, innovación a bajo costo y riesgo, aprendizaje sobre los nuevos modelos digitales y exposición de sus empleados a dinámicas emprendedoras frescas.

Con un poco de suerte logran un nuevo producto o servicio capaz de reinventarlas. Los start-ups, en tanto, alcanzan conexión al mercado, financiamiento, estrategia experimentada e infraestructura. Al final, sólo beneficios.

Probablemente Darwin hubiese dicho: “Obvio, cruce de atributos para lograr adaptación y supervivencia”. La pregunta que queda es: ¿Qué estamos esperando para empezar a colaborar?

(*) El autor se adjudicó el Premio Avonni a la Trayectoria Innovadora Anacleto Angelini 2016

Tweet about this on TwitterShare on FacebookShare on LinkedInShare on Google+Email this to someonePrint this page

09/02/2017 / Columnista: Roberto Musso Presidente Grupo Digevo

Sin comentarios Deja tu comentario