Hay dos paradigmas muy perjudiciales que han permeado el mundo de los negocios durante los últimos 100 años, los cuales han sido destruidos sistemáticamente por la evidencia empírica.
El primero tiene que ver con los incentivos para el desempeño de los equipos. El MIT, la Universidad de Chicago y más de 50 papers analizados por la London School of Economics confirmaron que los incentivos monetarios simples no sólo no potencian, sino que son perjudiciales para el desempeño en labores que contienen algún grado básico de sofisticación.
Esto claramente no es una conspiración socialista, ni una filosofía o un sentimiento. Es un facto, demostrado y reproducido en múltiples estudios y casos. Ofrecer recompensas económicas de corto plazo no sólo no mejora el desempeño, sino que lo empeora. La meta específica y acotada limita el grado de acción y anula los componentes de innovación y creatividad para agregar valor en forma integral.
El gurú Jim Collins lo reconfirma al estudiar las nueve empresas más grandiosas de los Estados Unidos, llegando a la misma conclusión. Los incentivos anuales no jugaron ningún rol en el éxito de estas empresas. Y si tienen alguna duda vean el video de Dan Pink en TED.com, donde explica en detalle cómo se llega a esta categórica conclusión.
La buena noticia es que los emprendedores emergentes han entendido que reclutar y retener equipos de alto rendimiento es vital para sus empresas, y lo hacen con estrategias más potentes que ofrecer una zanahoria. Se trata de integrarse a un propósito noble, desde crear empleo hasta generar valor sustantivo a los consumidores. Obviamente se requieren modelos de compensación, pero estos no son necesariamente monetarios y desde luego se diseñan considerando el largo plazo.
Y de esta forma encadenamos con el segundo mito. “Los negocios pierden foco o rentabilidad cuando tienen una orientación social o se preocupan de tener una misión más allá de generar utilidades”. Creer que la única misión de las empresas es generar utilidades y sobrevivir, es un profundo error. La simplificación de la función de la empresa a “ganar lucas” ha traído enormes perjuicios a los emprendedores (porque limita sus probabilidades de éxito) y a las sociedades que no son capaces de valorar en su real dimensión el rol de creación de riqueza.
La evidencia científica en este caso también es categórica. Los beneficios económicos son un resultado de tener un propósito potente que motive a los equipos, con un modelo capaz de apropiarse de parte del valor que la empresa genera a la sociedad. Esta ha sido la visión, intuitiva en muchos casos, que ha llevado a los grandes empresarios a tener grandes logros. La lista de ejemplos es abundante. Desde Richard Branson de Virgin, el emblemático Warren Buffett o Bill Gates, hasta nuestros José Luis del Río, Alvaro Saieh, los hermanos Cueto, incluyendo algunos en camino a la consagración como Jorge Názer o Karina von Baer.
Los emprendedores que buscan cambiar su entorno, mejorar la calidad de vida de sus comunidades, generar empleos y agregar valor sustantivo a sus clientes y trabajadores tienen mayores posibilidades de éxito, y de hacerse ricos como consecuencia de esto.
Así, ambos mitos se funden. La motivación va mucho más allá de la recompensa monetaria de corto plazo.
El real incentivo es alcanzar un emprendimiento de alto impacto, y por supuesto que ganar plata es una consecuencia muy bien recibida, y que compensa materialmente el esfuerzo y riesgo asumido. Pero la real retribución es haber aportado un grano (o varios) al desarrollo.

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