El combustible de una empresa es el equipo de trabajo, y ese lo configuran las personas con capacidad innovadora. Para que funcione este motor imprescindible hay que saber suministrar el pensamiento transformador de un liderazgo constructivo que dé libertad.

La gente no nace siendo innovadora. Venimos al mundo con una serie de capacidades a las que podemos abrir las puertas o cerrarlas, potenciar o reprimir. A menudo, las corporaciones caen en una rutina que adormece la posibilidad de innovación, y cuando esta falla, corren el riesgo de quedarse atrás o incluso de naufragar.

En un mundo masificado, altamente competitivo, con una sociedad en permanente cambio, la innovación es una garantía para mantenerse a flote. Por eso debe aprenderse y ejercitarse. Para ello, los líderes harán bien en implementar algunas herramientas imprescindibles. Pero deben dejar crecer a los equipos, a las personas de las que se rodean y creer en ellas.

 Las diferencias suman: No hay nada mejor para dejar sitio a la innovación que crear equipos multidisciplinares, multiétnicos, multiedad, multigénero… Cuanto más diferentes sean las personas por razón de sus conocimientos y especialidades profesionales, de su edad, de su género, de su procedencia, incluso de sus preferencias políticas, culturales, religiosas o sexuales, más tolerante y flexible será el equipo, más abierto a las nuevas ideas. La diversidad permite aportar visiones diferentes, complementarias o no, que contribuyen a innovar.

Liderar con empatía: hacia las personas y hacia sus circunstancias. Hay que ponerse en su lugar, perder los prejuicios, liberarse de las tradiciones y vencer los miedos.

Pedir opinión: La innovación aparece cuando todos son escuchados, ya opinen a favor, ya en contra. Es más, las personas deben saber que se valorarán las aportaciones en las que nadie había pensado, las soluciones creativas, los caminos alternativos, y que se reconocerán las buenas ideas. Cualquier empleado, ocupe el puesto que ocupe, podrá proporcionar un feedback valiosísimo para la empresa, como detectar nuevas necesidades del cliente.

A menudo, las corporaciones caen en una rutina que adormece la posibilidad de innovación, y cuando esta falla, corren el riesgo de quedarse atrás.

Establecer espacios innovadores: No se puede pedir innovación si el entorno no acompaña. La creatividad se nutre de bienestar, de tiempo de reflexión, de espacios apropiados.

Entrenar el pensamiento lateral. “La creatividad requiere tener el valor de desprenderse de las certezas”, decía Erich Fromm. El pensamiento lógico debe complementarse con el lateral, que es el que tiene como fin elaborar nuevas ideas, romper las visiones estandarizadas, cuestionar los enfoques clásicos, renunciar a los estereotipos. Toda empresa estancada debe buscar la ayuda de un equipo externo especializado en Design Thinking, que contribuya a entrenar el pensamiento lateral en los trabajadores. Esto es parte del trabajo del Instituto Europeo de Inteligencias Eficientes, porque somos conscientes de que no se pueden hacer trajes nuevos con patrones antiguos, aunque aprendemos del pasado.

Generar confianza. Para que surja la innovación, los trabajadores han de sentirse seguros, saber que pueden tomar decisiones que consideren buenas para todos sin temor a perder su empleo o a ser castigados si se equivocan. Todo el mundo debe tener claro que juega en el mismo equipo, que dentro no existen contrincantes.

Crear una verdadera cultura innovadora. No se trata solo de establecer acciones concretas, sino también de implementar una cultura innovadora que impregne todos los procesos, para que cada miembro de la corporación pueda trabajar en sus propios proyectos y desarrollar sus propias ideas.

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