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En el prólogo del libro “Patrimonio vitivinícola de Chile”, el reconocido catedrático Mario Fregoni plantea que el territorio nacional muestra 200.000 hectáreas de viñedos que viven sobre sus propias raíces, pie franco, y que esto es clave para ser considerado patrimonio cultural y natural de la humanidad por ser la superficie más extensa en el mundo de vitis vinífera (o parras) en esas condiciones.

En el mundo son siete los países que contribuyen con una decena de áreas vitivinícolas reconocidas e inscritas en la lista de Patrimonio Cultural de la Humanidad de Unesco.

En Italia, Cinque Terre y Orcia; en Francia, Saint-Émilion y Loira; en Austria, Wachau y Fertö/Neusiedlersee; en Alemania, Valle Superior del Medio Rin; en Portugal, valle del Douro; en Hungría, Tokay; y en Suiza, Lavaux.

Siguiendo lo que escribe Fregoni, Chile posee lugares que cumplen con los requisitos para ser postulados como Patrimonio Cultural de la Unesco, pues las condiciones de su agricultura evidencian un paisaje de resiliencia por clima y factores culturales, desarrollo cultural como expresión artística y más.

A lo anterior se suma la riqueza de vides plantadas a pie franco, que son originarias de las extintas en Francia por la filoxera y un catastro importante de cepas adaptadas a situaciones climáticas y de suelos que en nada se parecen a su origen europeo.

Quizás debido a un cierto romanticismo por lo ambiguo y a una falta de liderazgo, muchas veces olvidamos que la influencia de dos culturas en los años que se formaba la patria hace que el país hoy conocido como Chile nos entregue un idioma español, un vino afrancesado y mucho para debatir como mestizos.

Nuestros vecinos peruanos solucionaron esta constante y reiterada urgencia por la identidad que en Chile surge desde los sectores público y privado. Y lo hicieron contratando una prestigiosa agencia.

Esa ambigüedad en la que nos movemos lleva a constantes errores en cómo se usan y definen los términos patrimonio y ancestral, sobre todo en los procesos agrícolas y -por ejemplo- en el vino.

Un reciente artículo escrito por la periodista inglesa Master of Wine Jancis Robinson narra acerca del mal uso de aquello considerado como “cerveza artesanal”, que no es así, y ha suscitado variadas reflexiones en la industria.

Si bien ni nuestro idioma ni nuestro vino son originarios del territorio o endémicos, los consideramos muy nuestros. Creo que tanto la expresión de vinos por los misionarios y coloniales son tan chilenos como aquellos que son resultado del robo de uva y apurados procesos por parte del indígena. Las vides son tan chilenas como francesas, españolas o italianas, que -baste recordar- son adaptaciones del Medio Oriente.

El vino chileno no es chileno por ser elaborado por indígenas o colonos. La agricultura se basa en un sistema de conocimiento de la tierra y sus recursos en la obtención de alimentos, la elaboración de un vino supone un grado cultural independiente del origen de quien lo realice.

Vivimos en un país originado por múltiples etnias y hemos visto variadas olas de inmigración europeas en diferentes épocas. Por eso, los profesionales que toman el desafío de estos temas deben ser prudentes en sus afirmaciones.

Una cepa francesa introducida es tan chilena como una cepa española introducida. La consideración de Patrimonio de la Humanidad contempla tecnología, la incorporación de nuevas cepas y la revisión de sistemas de agricultura y técnicas es una constante innovación que sigue a la fecha. A ellos se suman las aristas culturales como literatura, música, arte y arquitectura.

A mi juicio, se sobrevalora la historia contada desde el indígena y ocurre lo mismo con el foráneo. En cuatro años de trabajo como consultora en gastronomía y turismo sustentable hice varios talleres de vino con comunidades aymaras. Gracias a esa experiencia vi con claridad que el cultivo no hace el patrimonio en sí, se trata de la resiliencia de la planta y la forma que tiene el ser humano de valorarla y trabajarla. Eso es lo que forja el valor.

Si bien las uvas y el vino no son propios a Chile ni al desierto, la adaptación y asimilación hicieron que estas plantas vivan en armonía regidas por calendarios lunares ancestrales y en sistema de cultivos en terraza.

Lo evidente es que se requiere integrar equipos de trabajo con amplia formación, estudios, especialización, investigación y gestión. Ello porque todos los sitios existentes en Chile que podrían considerarse para una postulación como Patrimonio Cultural de la Humanidad están en estado de fragilidad máxima.

Principalmente, por amenazas de prolongaciones urbanas, cercanía de otras actividades comerciales e industriales, terremotos, formas de vida, intervención desinformada, baja valoración e identidad por parte de la comunidad, entre otras variables.

Un aspecto que no debe olvidarse en la evaluación definitiva es el eje del valor generado por el conjunto de bienes agrícolas y culturales, lo que tiene que ver con el valor percibido del patrimonio desde diferentes ángulos y también del valor que genera en cuanto al capital que significa para la localidad.

La voluntad de encontrar nuestra identidad nos puede guiar por un proceso muy enriquecedor conformando equipos de trabajo especializado para esa labor. Eso significa dejar un legado para las siguientes generaciones y comenzar el proceso de construcción de una identidad cimentada en conocimientos desde el respeto y la responsabilidad.

Para eso me parece que, además, hay que perderle el miedo a la tecnología, pues es una forma de observar y construir propuestas inteligentes desde una data real.

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